Vedette y humorista de music hall · En escena desde los 5 hasta los 73 años
Lita Claver, «La Maña»
Empezó a bailar a los 5 años para llevar un bocadillo a casa y se despidió del escenario a los 73, con taconazos. Hoy, a los 81, no lo echa de menos.
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Emilia Jiménez Jiménez tiene 81 años y lleva ocho sin pisar un escenario. Durante casi setenta fue Lita Claver, «La Maña»: vedette y humorista de music hall, la que en el Molino puso la escalera y se puso a hablar con el público cuando las dos cosas estaban terminantemente prohibidas. Se lo pregunta Jordi, que la considera su referente y su amiga, y la respuesta llega sin rodeos: no echa nada de menos. Trabajó tanto, desde tan pequeña, que quería dedicarse a sí misma los años que le quedan.
Una niña que bailaba por un bocadillo
Es la menor de dieciséis hermanos, gitana y criada en la posguerra. No fue al colegio. A los 5 años ya bailaba, y cuando le ofrecían un café con leche pedía un bocadillo para llevárselo a casa. Su madre, cuenta, se dejó la vida sacando adelante a toda la familia.
De aquella infancia sin muñecas saca hoy humor: de mayor se buscó un novio que trabajaba en una tómbola para que le regalara las que no tuvo, y a su madre no le hizo ninguna gracia que fuera payo. También recuerda lo que no tuvo gracia: en un pueblo de Aragón la Guardia Civil no dejaba pasar a uno de sus hermanos a verla por ser gitano, y ella se negó a actuar si no entraba.
Si pudiera hablar con aquella niña, le diría que sin colegio y a base de trabajo supo abrirse camino y dar estudios a su hija, que es abogada, y a su nieta. Lo volvería a hacer todo igual.
Siete pases al día
En Pamplona llegaron a hacer siete pases diarios de un espectáculo de hora y media, casi sin respiro entre funciones, con los chimpancés del circo de Ángel Cristo en el camerino de al lado. Antes de salir se encomendaba siempre a la Virgen del Pilar y a la Moreneta. Los nervios, dice, no eran inseguridad: eran respeto por un público que había pagado la entrada.
Su sello fue la complicidad. No llevaba guion: tanteaba el ambiente y solo contaba el chiste pícaro cuando ya se había ganado a la sala. Quizá por eso tenía fama de gustar más a las mujeres que a los hombres, algo raro en una vedette. Insiste en que nunca fue grosera: sus palabras gordas eran «pichurrina» y «chorrete», inocentes al lado de lo que se oye hoy.
También reivindica el oficio. Lo que ahora se llama monólogo antes era la «cortina», el rato en que alguien salía a hablar mientras se preparaba el número siguiente. Y no soporta que se diga que el music hall no tiene categoría. Cree que el público la quiso porque la vio bailar flamenco y jota, recitar y contar chistes, y porque le hablaba con naturalidad.
Volver a ser Emilia
En el camerino era siempre La Maña. La soledad llegaba al volver a casa: ducha, pijama y tiempo con su marido. Ahí volvía a ser Emilia.
El espectáculo le quitó tiempo con su hija y Navidades en familia; para los artistas, dice, la familia acaba siendo el público. Le devolvió reconocimiento: compañeros consagrados la tratan con cariño y admiración, y su nieta Olga, que estudia ballet clásico desde los 3 años, consiguió un papel protagonista en una comedia musical sin que nadie supiera de quién era nieta. Lo pidió ella.
Despedirse con taconazos
Todo tiene caducidad, y ella eligió cómo acabar: con tacones, bajando la escalera corriendo y luciendo trajes. Un artista no puede dar pena en un escenario. Nunca se ha visto como una estrella, sino como una currante, y no aguanta a quien mira por encima del hombro.
Sigue siendo igual de directa. Le indigna que no haya ni una placa que recuerde a Paco Martínez Soria en el que fue su teatro, y lo ha dicho en público. Admite que no haber estudiado es su hándicap y que por eso evita opinar en televisión de lo que no domina. ¿Habría llegado más lejos con estudios? No se puede saber: ella actuaba con el corazón.
A los 81 hace ejercicio por la cadera, sin haber pisado nunca un gimnasio, y todavía llora de alegría cuando un artista le llega al corazón, sea flamenco, ópera o danza.